Tuesday, April 18, 2006

DEADLIFE. 2.

Justo cuando se agachó para subirse el pantalón apareció el profesor Sahagún tambaleándose bajo el marco de la puerta como un ebrio tratando de recoger una moneda en el suelo, con la mirada enrojecida, la corbata floja y el pelo alborotado. Vaya contraste con el abuelo estricto y elegante especializado en reprobación de alumnos y detección de acordeones minúsculos que solía ser. Todo un clásico de instituto privado, de los que apostarías que aún se peinan con vaselina. Ante la aparición de la autoridad las risas desaparecieron, tal como desaparece un billetín en las manos de un oficial de tránsito. Un apretón de manos, no se cruce los semáforos en rojo, pásela bonito. Aquí también habría mordidas.

Es extraño que en estas situaciones límite recuerdes los detalles más insignificantes mientras pasas por alto lo importante, la parte más gorda. Creo que así suele ser, como cuando te han estrellado el parabrisas del automóvil pero no te das cuenta hasta que estás colocadito frente al volante, das marcha al motor y te topas con un panorama fragmentado. Supongo que nos pasó lo mismo a todos. Lo platiqué después con Alex y Fernando, y todos coincidimos en eso. Está despeinado (está borracho el viejo mamón, pensó el burdo cerebro de Barbaján López). Fue lo primero que notamos, y sospecho que la mayoría de los alumnos también vio aquello antes que la mancha de sangre creciendo en el vientre de la camisa blanca, camuflada bajo la corbata roja y el saco negro, o la espesa baba que le escurría por debajo del bigote como un San Bernardo rabioso. Hasta tenía los pómulos guangos y los ojos enrojecidos, con un aspecto de miedo. Pero eso no lo notamos; no hasta después de los gritos. Nos miró y le miramos en silencio, sólo por un breve lapso, antes...antes de que se abalanzara sobre Omar.

Instintivamente retrocedí. El pobre Chito estaba agachado lidiando con su pantalón roto, sudando la gota gorda y exponiendo su culo semidesnudo ante el monstruo. Nadie movió un dedo, nadie soltó un solo suspiro mientras Sahagún se arrojaba con un extraño alarido, abriendo los brazos como alas de murciélago sobre mi ex-amigo. Lo primero que pensé fue a este tío se lo llevan a la Dirección por algo. Ahora sí se lo va a cargar Sahagún.

Me equivoqué en lo primero. Chito no volvió a pisar la Dirección. Pero de que se lo cargó, se lo cargó.

Al ver que algo le tocaba (le rasguñaba) la espalda soltó el pantalón, que se desparramó de nuevo hasta sus pies como un pequeño charco privado, y se volvió hacia el profesor.

-Maestro...-no alcanzó a terminar la frase. Abrió un poco más los ojos, como si de pronto comprendiera que la muerte se lo llevaría a mordiscos, antes de que le apresara el profesor Sahagún, que chillaba como un marrano asesinado a palos.

Le mordió un brazo, y Chito soltó un grito espantoso. La verdad es que nunca le había oído la voz tan fuerte; nunca llegó a gritar tan alto como lo hizo aquel día, estoy seguro. Era un tipo muy callado.

Se zafó con un tirón de la mandíbula que le apresaba, pero que no lo soltó. Le arrancó un pedazo de carne bastante grande y asqueroso, que le colgaba de los dientes como un bistec crudo. Apartó de un empujón al maestro (o lo que había sido el maestro), quien cayó ruidosamente sobre el bote de basura metálico, derramando su contenido.

La sangre le brotó de la herida como una fuente escurriéndole desde el antebrazo, pasando por los dedos y cayendo sobre su pantalón caído. Se recargó en el pizarrón y exclamó:

-¡Viejo hijo de puta, qué le pasa! ¿Por qué me muerde?

Fue en este punto donde comenzaron los gritos. Primero las damas, como suele decirse, y luego algunos varones también. Nadie se la creía. La letra con sangre entra, era el lema de Sahagún, y en cuanto a sangre se refiere, era abundante en aquel momento. Yo me escondí detrás del escritorio y alzaba la silla de cuero del maestro a manera de escudo. O como un domador de leones, mejor dicho. La bestia ya estaba puesta; sólo me faltaba el látigo.

- ¿Qué diablos está haciendo?

El profesor Sahagún se incorporó sobre sus codos lentamente, sin responder. Tenía el pedazo de carne (y un poco de tela verde del suéter del instituto) en la boca, y entonces hizo algo tan repulsivo que aún me cuesta mucho recordarlo sin sentir que se me revuelven las tripas evocando sus labios moviéndose con lentitud.

He visto muchas cosas desde aquel día, pero sin duda aquello fue lo peor. Ver cómo se comen a tu amigo no es cualquier cosa. No es como decir Anoche vi cómo limpiaban a un tipo que se había arrojado a las vías del metro; no lo conocía, pero pobre. No, que va. Eso sería un día en la playa comiendo aceitunas y sándwiches de pavo comparado con los días actuales.

Monday, April 03, 2006

DEADLIFE. Chapter 1.

En la Preparatoria.

Me encontraba en la preparatoria cuando pasó, aprovechando el cambio de clase para bajarle los pantalones frente a toda la clase a Chito. Alguna vez se había llamado Omar, muy lindo el nombre que eligieron sus padres para el retoño consentido, pero esos tiempos habían quedado muy atrás. Ahora era simplemente Chito, y quien no le dijera así tendría que vérselas con los hermanos. Los duros hermanos, siempre encabritados, siempre listos para satisfacer tus más íntimos deseos masoquistas, disponibles en horario matutino (antes de entrar a la escuela), vespertino (a la hora de la salida) o mixto (en cambio de clase o durante el receso). Bastaba darles un pequeño motivo para que un torrente de coscorrones y patadas cayeran sobre tu cráneo adolescente como una lluvia cósmica. Un pequeño motivo, como tenerle compasión al buen Chito.

Era una regla de oro: o molestabas al barco consentido del grupo B de la Preparatoria Estanislao Acosta (nombre muy acorde con la mierda de escuela), o te volvías el barco sustituto. Yo no quería convertirme en el flamante relevo de Chito, así que ahí me tienes bajándole los pantalones hasta los tobillos.

Ojalá no lo hubiera hecho. Ojalá no lo hubiera matado. Porque hasta la fecha sigo creyendo que eso fue lo que hice.

- ¡Anda Diego, ahora que está distraído!

De un empujón Alex me aventó al ruedo (lo cual me tomó por sorpresa, pues Alex era de los chicos callados e introvertidos), y ahora tenía que hacer frente al desafío. Casi todos me miraban, incluidas las Betty´s, las chicas más santas de todo el instituto, si no es que de la nación entera. Al principio lo defendían, pero habían terminado por rendirse en sus intentos de proteger a un niño que no quería defenderse, y ahora miraban de reojo nuestro plan con cierta expectativa. Supongo que sentían curiosidad por ver los misterios que el buen compañero albergaba bajo el pantalón.

Me acerqué con lentitud a Chito, que sacaba punta a un lápiz junto al bote de basura cerca de la puerta del salón, ingenuo y despreocupado como un pichón. Habría un examen la siguiente clase, y Chito se preparaba para ello, mientras yo me preparaba para dejarlo en ridículo. Ahora estaba a su espalda, como la sombra que cubre al roedor antes de ser devorado por algún predador. Me lo pensé un par de segundos (es tu amigo, me susurraba un pepe grillo con voz ebria y poco convincente), durante los cuales me vino a la mente la imagen de los hermanos proporcionándome una buena golpiza. Poco apetecible. Se los bajé, y punto.

-¿Qué dem...?

Un coro de risas al unísono ahogó la frase incompleta de Omar. Los dedos señalaban la trusa de cuadros rojos y verdes que apenas le llegaban a la entrepierna de unos muslos como bastones, con los pantalones desmayados en el suelo. Bien abajo, y con el zipper roto.

-¡Miren, Chito usa tanga!- exclamó Gerardo, el mayor de la clase por dos años consecutivos y uno de los líderes indiscutibles de los hermanos. Le secundaron los otros cuatro. Seguramente las risotadas llegaban hasta la mesa de la prefecta, a unos veinte metros de distancia en el pasillo, pero ésta se encontraba en una junta de maestros, de la que presiento que nunca pudo salir. Esta vez su salvadora no llegó a tiempo.

-¡Tiene las patas como listones!- exclamo Barbaján, otro de los hermanos. La mole del grupo, con sus noventa y cinco kilos de hamburguesas, tacos y coca cola. Sobre todo coca cola. Cesaba todo el tiempo, como si acabara de correr para alcanzar el bus, y le apestaba la boca a guayabas en vinagre. Y cómo no iban a parecerle listones a él, con sus rosados dedos de salchicha. Exhibía una sonrisa de tablero de ajedrez, un verdadero morro con ventilación aerodinámica. Había perdido dos de los dientes frontales superiores en una vieja trifulca, de aquellas que abundan en tiempos de secundaria.

- ¡Qué guapo vienes, Chito! ¡Eres un símbolo sexual!- dijo otro por allá.

Omar tardó un momento en reaccionar, con la mirada perdida entre los cuarenta rostros que se mofaban de su ropa interior, que parecía hacer juego con el uniforme del instituto. No mucho tiempo, tan solo unos tres o cuatro segundos. Unos cuantos segundos fatales.

Friday, March 31, 2006

DEADLIFE. Introducción.


Saludos, amantes de los zombies y del gore derivado de la no-muerte...aunque sea un gore escrito.

¿Alguna vez se han preguntado qué sucedería si un día cualquiera, estando en el lugar más común de la vida de un mexicano (de compras en el Centro el DF, en un estadio de fútbol, en el metro) se encontraran tendiéndole la mano en saludo a algún conocido, y recibieras una mirada iracunda e inyectada de sangre como respuesta?

¿Podrías evitar una mordida en el momento menos previsto, por la persona más amigable que conoces? ¿Serías capaz de sacrificar a aquellos que amas, asesinarlos por piedad, en memoria del amor que alguna vez fue realidad? ¿Qué sentirías al ver el último periódico publicado antes del caos, centrado en la política, economía, TV y chismorreo policiaco, un periódico que ahora parece proveniente de otra dimensión?

DEADLIFE es una novela con la que aportaré mi mejor esfuerzo al blog, y espero sea de su agrado en esta sección. Capítulo 1 pronto...en lo que nos acomodamos en el site XD

Saludos, Stay zombie.


Original por Oarseman.